La vida bajo la ocupación rusa: cómo sobreviven y mueren los habitantes en ciudades convertidas en zonas de impacto
Voxeurop
Vasyl Berezka, de 73 años, y su esposa, Liudmyla, apenas lograron escapar de Oleshki, una ciudad situada en la parte temporalmente ocupada del óblast de Jersón, de la que resulta casi imposible salir desde finales de mayo de 2026. A la ciudad no llegan alimentos, los suministros médicos están prácticamente agotados y los residentes están al borde de la inanición.
Oleshki se encuentra en plena línea del frente, en la orilla opuesta del Dniéper respecto a Jersón. La ciudad está separada del territorio liberado por el ejército ucraniano por las llanuras aluviales del Dniéper, con su compleja red de ríos, brazos y canales. Tras la liberación de la orilla derecha de la ocupación rusa, la ciudad ocupada se convirtió rápidamente en una base para las operaciones militares rusas en la parte del óblast de Jersón situada en la margen izquierda del río. Desde allí, las fuerzas rusas bombardean Jersón. Las fuerzas ucranianas, a su vez, mantienen la zona bajo control de fuego y atacan las posiciones rusas en Oleshki, desde las cuales las tropas rusas podrían avanzar hacia las islas y alcanzar la orilla del Dniéper, a tan solo unos kilómetros de Jersón, al otro lado del río.
Lo que distingue a Oleshki y Jola Pristan es el prolongado bloqueo de facto al que están sometidos sus habitantes. En muchas otras ciudades de primera línea en territorio controlado por Ucrania, la población sigue pudiendo marcharse, y las autoridades ucranianas la instan activamente a evacuar. En Oleshki, en cambio, la población civil ha sido convertida, en la práctica, en un escudo humano.
Según las estimaciones, en la ciudad permanecen entre mil y cuatro mil personas. Las condiciones se han deteriorado drásticamente desde finales de la primavera. El bloqueo y las minas impiden entrar en la ciudad, lo que ha provocado una escasez crítica de alimentos. Los residentes afirman, además, que las fuerzas rusas utilizan drones para atacar los vehículos civiles que intentan salir o introducir suministros.
Según el comisionado del Parlamento de Ucrania para los derechos humanos, Dmytro Lubinets, “tras las negociaciones, la parte rusa lleva mucho tiempo sin confirmar que esté dispuesta a llevar a cabo una misión humanitaria de evacuación”.
Jola Pristan, una localidad situada veinte kilómetros al sur y también en la línea del frente, se encuentra bajo un bloqueo similar.
“Rezábamos, nos santiguábamos y les suplicábamos que no nos mataran”
Liudmyla Berezka y su esposo permanecieron en Oleshki hasta el último momento. La ciudad estuvo ocupada desde los primeros días de la invasión a gran escala de Rusia. En el verano de 2023, Liudmyla presenció la inundación de Oleshki tras la explosión en la presa de la central hidroeléctrica de Kajovka, controlada por Rusia. Según la administración militar de la ciudad en el exilio, el 80 % de Oleshki quedó bajo el agua. Se desconoce el número de fallecidos. Desde entonces, la ciudad no tiene electricidad, gas ni suministro centralizado de agua.
Liudmyla cuenta que poco a poco la vida se fue volviendo insoportable. Durante un tiempo, algunas tiendas siguieron abiertas. Cuando cerraron, los residentes tenían que desplazarse a Skadovsk o a Zaliznyi Port para conseguir alimentos y medicamentos o para cobrar las pensiones que pagaban las autoridades de ocupación. Ambas localidades se encuentran en la costa del mar Negro, también bajo control ruso.
En diciembre de 2025, temiendo un avance ucraniano, las tropas rusas minaron las carreteras hacia Oleshki, Jola Pristan y las aldeas cercanas; también restringieron la entrada y la salida. El bloqueo se suavizó ligeramente a comienzos de la primavera de 2026, pero volvió a intensificarse el 26 de mayo de 2026. Un intento de llevar alimentos a Oleshki en junio terminó con la muerte de dos personas cuando su vehículo pisó unas minas. Los residentes empezaron a llamar a la carretera de salida de Oleshki “la carretera de la muerte” y tenían miedo de marcharse.
Los Berezka sobrevivían con las provisiones que habían almacenado. Liudmyla cocinaba al fuego con la leña reunida para el invierno. Durante un tiempo, un conocido de Novomykolaivka, en el distrito de Skadovsk, a sesenta kilómetros al sur, llevaba leche, verduras y algunos otros productos para vender. En uno de esos viajes, el yerno de ese conocido pisó una mina y murió. Ya no quedó nadie que llevara alimentos.

Liudmyla describe así la vida en Oleshki: “Ya antes de eso, los drones enemigos habían empezado a volar por todas partes, cazando a personas, casas y los pocos coches que milagrosamente habían sobrevivido. Teníamos miedo tanto de los drones como de los rusos. El año pasado, el 9 de mayo, su ‘Día de la Victoria’, los rusos gritaban y lanzaban granadas a los patios de la gente”.
En primavera, los Berezka decidieron marcharse de Oleshki. Para llegar al territorio controlado por el Gobierno de Ucrania hay que recorrer al menos 2600 kilómetros a través de las zonas temporalmente ocupadas del óblast de Donetsk, Rusia y Bielorrusia. Algunos transportistas cobran entre 450 y 500 dólares estadounidenses por persona, y el precio puede ser considerablemente más alto. Aun así, los voluntarios intentan evacuar gratuitamente a algunas personas.
Los Berezka perdieron una evacuación previa organizada por voluntarios porque en la ciudad no había cobertura. Decidieron emprender el viaje por su cuenta. La primera parada prevista era la aldea de Mijáilivka, en el distrito de Skadovsk, donde les habían ofrecido alojamiento temporal. Cargaron sus pertenencias en un remolque y salieron de casa a las ocho de la mañana del 9 de mayo de 2026, con la esperanza de que el alto el fuego anunciado por Rusia se mantuviera al menos durante el desfile militar en Moscú.
Antes de haber recorrido siquiera diez kilómetros, vieron un coche de la marca Moskvich en llamas y, a su lado, el cuerpo calcinado de un hombre. Lo más probable es que el coche hubiera pisado una mina y que el conductor hubiera intentado escapar. Vasyl Berezka trató de rodearlo con cuidado, pero la rueda derecha del remolque tocó una mina en el borde de la carretera.
“Explotó una, luego una segunda, una tercera, una cuarta. Detonaron unas seis minas. El coche y el remolque se incendiaron y apenas logramos salir. Lo dejamos todo. Mi esposa solo alcanzó a agarrar el bolso con nuestros documentos, y echamos a correr. Habíamos avanzado unos doscientos metros cuando dos drones se abalanzaron sobre nosotros. ¿Adónde correr? ¿Dónde escondernos? Mirábamos al dron, rezábamos, nos santiguábamos y les suplicábamos que no nos mataran: ‘¿No lo veis? Solo somos dos ancianos’. Entonces uno de los drones se lanzó chirriando directamente contra mi esposa. Alcancé a gritar: ‘¡Liuda, al suelo!’. Cayó a medio metro de ella y explotó. Solo Dios sabe cómo sobrevivió. Tenía múltiples heridas y lesiones por metralla. Estaba cubierta de sangre”, relata Vasyl Berezka.
Vasyl logró arrastrar a su esposa hasta un lago cercano y lavarle parte de la sangre y la suciedad. La aldea de Solontsi estaba cerca. La ayudó a llegar a la primera casa que daba señales de vida y la dejó al cuidado de una vecina del lugar. Luego, Vasyl tomó un atajo a través de bosques y estepa hasta Mijáilivka, donde tenían previsto quedarse. Por la carretera asfaltada, la aldea habría estado a casi cincuenta kilómetros.
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Allí encontró a un conductor que aceptó recoger a su esposa a la mañana siguiente por 3000 dólares estadounidenses. Nadie más estaba dispuesto a recorrer la “carretera de la muerte” hasta Solontsi, una aldea prácticamente contigua a Oleshki. Vasyl temía que el conductor se echara atrás, pero sus temores resultaron infundados. En la mañana del 10 de mayo, Liudmyla fue trasladada a Mijáilivka. Al día siguiente, Vasyl consiguió que la llevaran al hospital más cercano, en la ocupada Skadovsk. El personal se negó a atenderla o a extraerle la metralla, alegando que “su vida no corría peligro”. La pareja regresó a Mijáilivka.
Vasyl describe con detalle el resto del viaje: “Un taxi nos llevó desde Mijáilivka hasta la estación de autobuses de Skadovsk, donde subimos a un minibús. En Melitópol cambiamos a otra furgoneta. Luego atravesamos Donetsk, Rusia y Bielorrusia, y el 3 de julio llegamos al óblast de Volyn. Allí nos recibieron voluntarios y fuimos directamente a casa de nuestra nieta en Kyiv. Más tarde encontramos alojamiento y nos mudamos al óblast de Nicolaiev. Mi esposa y yo viviremos aquí tranquilos el resto de nuestros días”.
Un viaje de 3748 km. Entre Oleshki y Nicolaiev hay unos 80 km.
“Querida, ¿tendrás aunque sea un poquito de algún cereal para mí?”
La última vez que los voluntarios lograron evacuar a personas de la bloqueada Oleshki, arriesgando sus propias vidas, fue el 26 de mayo de 2026. Desde entonces no hay información de que nadie más haya logrado salir de la ciudad.
Tras el intento fallido de entrar en la ciudad en junio, en la mañana del 1 de septiembre se hizo otro intento de llevar alimentos, recoger a residentes y ponerlos a salvo. Un pequeño convoy de varios vehículos fue atacado por drones cuando se acercaba a Oleshki.
Kseniia Arjipova, que coordina el envío de alimentos a Oleshki y ayuda a los residentes a salir, nació y creció en Oleshki y permaneció en la ciudad ocupada hasta julio de 2022. Actualmente vive en el óblast de Nicolaiev. En los últimos años ha ayudado a evacuar a unas doscientas personas de su ciudad natal. El 11 de mayo de 2026, por ejemplo, rescataron a treinta y dos personas en una sola operación.
Por razones de seguridad, Arjipova no revela más detalles sobre la ruta ni sobre las personas que participan en las evacuaciones.
Desde entonces, las condiciones han empeorado considerablemente. Los alimentos y los medicamentos se están agotando. “Puede que la gente tenga que comer corteza de los árboles”, afirma. Arjipova señala que ya en agosto muchas personas en Oleshki no tenían nada que comer. El verano ha terminado y lo poco que los residentes lograron cultivar en sus huertos está casi agotado.
Un kilo de cebollas o de patatas cuesta ahora 1000 rublos (10 €) en Oleshki, es decir, aproximadamente 15 y 30 veces más, respectivamente, que su precio medio en el resto de Ucrania, mientras que diez huevos cuestan 1500 rublos (16 €), unas 20 veces el promedio ucraniano. “Allí hay verdadera hambre. La gente suplica que la evacúen, pero sacarla es imposible”, afirma Arjipova.

Tetiana Hasanenko, jefa de la Administración Militar de la ciudad de Oleshki, añade que un blíster de Citramon, uno de los analgésicos más básicos, cuesta 1000 rublos (10 €) en la ciudad bloqueada. Un kilo de sal o de azúcar cuesta lo mismo, también unas 20 veces más que en el resto del país.
“Allí el dinero no tiene un valor real, porque casi nadie vende nada. La gente sobrevive mediante el trueque. Alguien puede cambiar 2,5 kilos de azúcar por diez huevos; depende de lo que se acuerde. Rebuscan en los sótanos que se inundaron tras la destrucción de la presa de Kajovka, en busca de conservas caseras. Hace poco, unas personas de Oleshki me contaron que habían preparado una sopa con calabacines, una de las pocas verduras disponibles allí durante el verano, junto con un tomate y dos huevos. Hay una grave escasez de patatas, harina y carne. La gente busca información sobre las plantas que crecen por la zona y que se pueden comer sin peligro”, explica Hasanenko.
Una residente de Oleshki, cuyo nombre se omite por razones de seguridad, cuenta que este verano una familiar suya se encontró con una anciana que volvía del mercado: “La anciana la llamó: ‘Querida, vengo de allá, pero no hay absolutamente nada. ¿No te sobrará un poco de cereal, aunque sea medio kilo?’. Mi familiar le dio patatas, cereal y pasta. La mujer sacó 50 rublos (25 hryvnias) para pagarle, pero mi familiar no quiso aceptar el dinero. La mujer, agradecida, estuvo largo rato dándole las gracias y bendiciéndola”.
Según Hasanenko, los soldados rusos también tienen escasez de alimentos, por lo que roban las pocas provisiones que les quedan a los residentes. Un habitante de Oleshki le contó que le robaron la comida de su casa durante los veinte minutos que estuvo fuera.
Antes de la invasión a gran escala de Rusia, la localidad tenía unos 14 000 habitantes; hoy quedan menos de dos mil
Las condiciones también se han deteriorado gravemente en la vecina Jola Pristan, igualmente bloqueada. Antes de la invasión a gran escala de Rusia, la localidad tenía unos 14 000 habitantes; hoy quedan menos de dos mil. El único servicio de minibús de Jola Pristan a Zaliznyi Port dejó de funcionar en agosto, según Svitlana Linnyk, jefa de la Administración Militar de la ciudad de Jola Pristan. Según ella, quienes se han quedado en Jola Pristan son principalmente personas mayores y hombres en edad militar que temen pasar por los puestos de control de la ocupación. Por ello, sus esposas e hijos a menudo también permanecen en la ciudad bloqueada.
Linnyk afirma que exhorta constantemente a sus conciudadanos, por canales oficiales y no oficiales, a abandonar la comunidad ocupada a la primera oportunidad. Sin embargo, incluso a sus propios familiares solo logró convencerlos de marcharse este año. “En algunas familias, esto provoca peleas”, dice. “Los hijos suplican a sus padres que se vayan de Jola Pristan y están dispuestos a organizarlo todo, pero los padres se niegan: ‘¿Con quién vamos a dejar a los veinte perros y veinte gatos que se han refugiado con nosotros?’”.
La represión bajo la ocupación continúa
Pese al rápido empeoramiento de la situación humanitaria, las autoridades de ocupación siguieron reprimiendo a la población civil durante todo el verano. Buscan sobre todo a personas con familiares en las Fuerzas Armadas de Ucrania.

Kseniia Arjipova, que mantiene un contacto regular con residentes de Oleshki, cuenta que los soldados rusos realizan redadas, secuestran a personas y las torturan. Quienes tienen familiares cercanos en el ejército ucraniano corren un riesgo especial. Arjipova recuerda lo que le ocurrió a un conocido suyo, cuyo nombre no revela por razones de seguridad.
“Se pegó un tiro por el chantaje ruso. Agentes del Servicio Federal de Seguridad de Rusia localizaron a sus padres en la parte temporalmente ocupada del óblast de Jersón y luego enviaron a su hijo un mensaje en el que amenazaban con violar y fusilar a su madre si no les daba las coordenadas de su ubicación. No pudo soportarlo y se quitó la vida”, relata Arjipova.
Según la voluntaria, los hombres en edad militar intentan huir de la parte ocupada del óblast de Jersón. Muchos han recibido citaciones de las oficinas de reclutamiento militar rusas. Por ahora, pese a las enormes dificultades, todavía pueden salir de los territorios ocupados. Sin embargo, Arjipova teme que pronto sea demasiado tarde: “No sé cómo llegar a la gente que vive bajo la ocupación y convencerla de que se vaya sin ponerse en peligro ni poner en peligro a sus familiares o, al menos, de que se traslade a otro lugar para tener una oportunidad de sobrevivir”.
Kseniia teme que la gente de Oleshki esté, en la práctica, condenada a muerte: si no por el hambre, las minas o los drones, por los bombardeos o el frío del invierno. Recuerda que algunos residentes mayores no sobrevivieron el invierno pasado porque no había calefacción. La temperatura en sus viviendas no superaba los 2–5 °C. Las autoridades locales afirman que en Jola Pristan también ha muerto ya gente de frío y de hambre. Pero en las ciudades bloqueadas la gente muere también por otras causas.

“Los hombres a menudo se quitan la vida. Unos se ahorcan; otros se pegan un tiro. No lo soportan: no hay trabajo, no hay vida, no hay nada. Todos los cadáveres se llevan al edificio incautado de la alcaldía de Jola Pristan, que ha sido convertido en morgue. Permanecen allí durante meses, porque obtener un certificado de defunción y un permiso de sepultura es sumamente difícil. Enterrar a alguien en el cementerio es del todo imposible: la carretera está minada y allí los drones cazan a los civiles. Tampoco hay transporte: los rusos han destruido casi todos los vehículos civiles. Desde principios de 2025 llevan a cabo un safari contra los coches civiles, disparándoles sin descanso”, afirma Svitlana Linnyk, jefa de la Administración Militar de la ciudad de Jola Pristan.
Tetiana Hasanenko, representante de las autoridades locales ucranianas, describe también una morgue desbordada en Oleshki, aunque difícilmente puede llamarse así: para ese fin se han habilitado los sótanos del hospital de la ciudad. Según información no confirmada de la administración militar local, allí podría haber alrededor de cien cuerpos. Algunos llevan allí desde el invierno.

Las mujeres entrevistadas cuentan que, si alguien muere fuera de un hospital, los familiares deben trasladar ellos mismos el cuerpo a Kalanchak, una localidad del vecino distrito de Skadovsk, a casi setenta kilómetros de Oleshki. Allí trabaja el médico forense más cercano designado por la ocupación. Sin el dictamen de ese forense, los rusos no expiden el permiso de sepultura a nadie que muera fuera de un hospital. Tras el examen, los funcionarios de la ocupación devuelven el cuerpo envuelto en plástico, y los familiares lo entierran sin ataúd en una fosa de alrededor de un metro de profundidad.
“Los perros pueden desenterrar fácilmente esas tumbas y arrastrar pedazos de cuerpos. Es horrible. Aquí la vida humana no vale nada. Los cadáveres pueden quedar tirados en las calles durante semanas, y nadie los recoge por los constantes ataques con drones y los bombardeos, que a menudo no cesan ni un minuto”, dice Liudmyla Berezka, residente de Oleshki.
Hasanenko lo confirma y recuerda el caso de una mujer de Solontsi que encontró los restos del cuerpo de su marido. Recogió los restos, los enterró en una fosa y fue a Kalanchak a tramitar un certificado de defunción. Allí los funcionarios le dijeron que desenterrara el cuerpo y se trajese ella misma para un supuesto examen. De lo contrario, no podría obtener el certificado.
“En Oleshki, la muerte persigue a la gente literalmente por todas partes. Puedes estar conversando con un vecino frente a tu casa y, al salir quince minutos después, ver sus intestinos colgando de la cerca”, relata Hasanenko.
Según su información, al hospital de Oleshki gestionado por la ocupación le quedan pocos días de funcionamiento. Estaba previsto que cerrara el 11 de septiembre, pero al 15 de septiembre seguía abierto. “Casi no quedan medicamentos. Prácticamente lo único que pueden hacer los médicos es detener hemorragias”, afirma.
Pese al horror que se vive en Oleshki, que antes de la invasión tenía 24 000 habitantes, se estima que en la ciudad permanecen entre mil y cuatro mil personas. Hasanenko considera que la cifra más realista es de unas dos mil, entre ellas cuarenta y siete niños.
En toda la comunidad de Oleshki, según ella, podrían quedar entre seis mil y siete mil de las cuarenta mil personas registradas allí al comienzo de la guerra a gran escala, incluidos al menos 180 niños
En toda la comunidad de Oleshki, según ella, podrían quedar entre seis mil y siete mil de las cuarenta mil personas registradas allí al comienzo de la guerra a gran escala, incluidos al menos 180 niños.
La vida también ha desaparecido de las aldeas vecinas de Krynky, Pishchanivka, Pidstepne, Zaplava y Sahy. Todas han sido destruidas y, en la práctica, han dejado de existir. Según las autoridades ucranianas, Kozachi Laheri, Solontsi y Pidlisne están destruidas en un 80 %. La situación es similar en las aldeas de los alrededores de Jola Pristan.
La voluntaria Kseniia Arjipova cree que en Oleshki y Jola Pristan permanece tanta gente porque, a diferencia de las ciudades de retaguardia más seguras, como Henichesk, Skadovsk o Novotroitske, estas dos localidades no tienen administración de ocupación desde que esta se marchó en 2023. Solo quedan soldados rusos. Por eso, los habitantes de Oleshki le dicen a Kseniia: “Esperaremos un poquito más a los nuestros”.
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Los representantes de las autoridades locales legítimas de las comunidades ocupadas y los voluntarios entrevistados coinciden en que el bloqueo se creó deliberadamente. Su objetivo es utilizar a la población civil como escudo humano.
“En la guerra no hay lugar para los civiles, porque la guerra consiste en conquistar territorio a cualquier precio. Por eso hemos instado, y seguimos instando, a todos los que permanecen bajo la ocupación a marcharse a la primera oportunidad”, afirma Hasanenko.
Dmytro Lubinets, comisionado del Parlamento de Ucrania para los derechos humanos, declaró que Ucrania había acordado una lista de personas que debían ser evacuadas de la bloqueada Oleshki y había llevado a cabo la coordinación necesaria con las Fuerzas de Seguridad y Defensa de Ucrania para garantizar un alto el fuego durante la misión humanitaria. También había obtenido el apoyo del Comité Internacional de la Cruz Roja, que estaba dispuesto a participar en la evacuación conforme a su mandato.
Lubinets había propuesto anteriormente organizar una evacuación oficial desde Oleshki.

El ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Andrii Sybiha, también pidió a la comunidad internacional que garantice el acceso a Oleshki y la evacuación de sus residentes. Hizo este llamamiento en Kyiv a principios de septiembre, durante una comparecencia conjunta con la ministra de Relaciones Exteriores y Cooperación de Mónaco, Isabelle Berro-Amadeï.
Sin embargo, pese a las negociaciones, la parte rusa lleva tiempo sin confirmar su disposición a establecer un corredor humanitario y evacuar a los residentes.
Según Anna Mykytenko, abogada y experta en derecho internacional humanitario, dado que Oleshki es un territorio ocupado, Rusia, como potencia ocupante, es responsable de garantizar el abastecimiento de víveres y suministros médicos, así como de mantener niveles adecuados de higiene y salud pública. Estas obligaciones están establecidas en los artículos 55 y 56 del IV Convenio de Ginebra.
“Cuando la población no está lo suficientemente abastecida, la potencia ocupante debe aceptar las acciones de socorro de organizaciones humanitarias imparciales, conforme al artículo 59 del IV Convenio de Ginebra. Como vemos, Ucrania ha propuesto reiteradamente una operación humanitaria para que la población civil pueda salir de la bloqueada Oleshki. La parte rusa no ha dado su consentimiento ni ha adoptado ninguna otra medida para mejorar la situación, por lo que, al parecer, actúa en violación de las normas pertinentes del derecho internacional humanitario”, afirma Mykytenko.
Vasyl y Liudmyla Berezka también lamentan no haber abandonado antes su ciudad natal, Oleshki.
“Fue difícil dejarlo todo sin más. Muy difícil. Pero deberíamos haberlo hecho mucho antes”, dice Vasyl Berezka. “Sí, a mi edad es muy duro empezar la vida de nuevo desde cero. Pero no nos dejaron sin ayuda. Y lo más importante: en la Ucrania libre podemos respirar y hablar con libertad. Sobre todo, estamos vivos”.