¿Cómo entender la geopolítica?
Kapitál
En tiempos de crisis internacional, la información sobre los acontecimientos siempre nos llega a través de marcos interpretativos que orientan la manera en que los interpretamos. Las narrativas que ofrecen los medios de comunicación, los políticos o los expertos configuran así nuestra comprensión del mundo. En esta guía le ofrecemos algunos puntos de orientación para que pueda reconocer estas distorsiones, identificar a sus creadores y aplicar el pensamiento crítico a los discursos geopolíticos.
Este texto forma parte de la publicación especial Manual de autodefensa intelectual: Geopolítica (Manuel d’autodéfense intellectuelle: Géopolitique), editada por el mensual Le Monde diplomatique en otoño de 2026.
En tiempos de crisis internacional, la información sobre los acontecimientos siempre nos llega a través de marcos interpretativos que orientan la manera en que los interpretamos. Las narrativas que ofrecen los medios de comunicación, los políticos o los expertos moldean así nuestra comprensión del mundo. En esta guía les ofrecemos algunos puntos de referencia para que puedan reconocer estas distorsiones, situar a sus autores y aplicar el pensamiento crítico a los discursos geopolíticos.
Identificar los marcos interpretativos
Una de las distorsiones fundamentales de la información sobre la actualidad internacional consiste en que la esencia de los conflictos se formula desde la posición de los líderes del país en el que surge. Desde el punto de vista de Francia, Ucrania «lucha por nuestros valores», la resistencia palestina puede reducirse al terrorismo y los regímenes autoritarios amenazan a las democracias: los medios explican la actualidad mundial como una serie de confrontaciones entre bandos claramente identificados, a los que se atribuyen determinadas intenciones y principios. Esta distorsión resulta tanto más problemática cuanto que para la mayoría de los ciudadanos los medios son la única fuente de información sobre la actualidad internacional. Muy pocas personas disponen del tiempo, los conocimientos lingüísticos y los medios necesarios para estudiar una crisis a partir de fuentes distintas de las occidentales, de documentos diplomáticos o de trabajos especializados. Nuestra comprensión de los conflictos depende, por tanto, en gran medida de los marcos interpretativos de quienes nos hablan de ellos. En el ámbito de la política exterior, la autonomía de los medios está limitada: en las direcciones de las principales redacciones suele haber personas que han estudiado en las mismas instituciones, tienen las mismas referencias y redes que los propios líderes políticos y diplomáticos, y entre los periodistas el conocimiento profundo de los países extranjeros y de las relaciones internacionales es limitado.
Los pódcast, los vídeos o las publicaciones «críticas» ofrecen un contrapunto útil a este pensamiento único, pero ¿cómo estar seguros de su fiabilidad? El simple hecho de cuestionar los discursos establecidos no significa que hayamos llegado a un análisis correcto. No todas las guerras se libran a lo largo de oleoductos y gasoductos, no todas las revueltas en Oriente están organizadas por George Soros y el imperialismo estadounidense como tal no explica todavía el escaso apoyo internacional a Palestina, especialmente por parte de los países árabes. Este manual ofrece un método para evaluar las interpretaciones que compiten entre sí y formarse una opinión propia. No pretende imponer una narrativa alternativa en lugar de la dominante. Su objetivo es orientar al lector hacia todo lo que realmente puede comprenderse a partir del análisis de la geopolítica y de las relaciones internacionales. Estas disciplinas ponen de manifiesto la rivalidad por el poder, las limitaciones espaciales y los procesos dinámicos que estructuran los conflictos. Sin embargo, no son disciplinas exactas: la «ciencia de la política internacional» a la que aspiraba Hans Morgenthau, representante de la escuela realista clásica, no puede predecir el comportamiento de los Estados. No obstante, aún puede contribuir a configurar la manera en que los actores decisivos definen sus estrategias. Conceptos como la «doctrina de la contención» (George Kennan), el «poder blando» (Joseph Nye) o el «choque de civilizaciones» (Samuel Huntington) han trascendido el ámbito de los círculos universitarios e influido en los debates públicos, así como en las decisiones políticas.
Situar a quienes hablan del mundo
Para comprender «desde dónde» hablan los expertos en diplomacia, es necesario tener en cuenta tres cosas. En primer lugar, debemos ser conscientes de la posición tan importante que ocupan la diplomacia y las relaciones internacionales en la jerarquía de las instituciones de poder y de las disciplinas universitarias. Expresarse sobre conflictos de los que depende el destino del mundo, analizar las estrategias de los líderes políticos —e incluso asesorarlos en ocasiones— invita tanto menos a la modestia cuanto que este privilegio pertenece mayoritariamente a hombres mayores de las clases altas. Además, el predominio de Estados Unidos en el campo de las relaciones internacionales distorsiona la perspectiva de Occidente. Gracias al poder de sus universidades y think tanks, pueden difundir incluso en los países aliados esquemas de pensamiento que responden a sus propios intereses. Desde que desaparecieron la política de «no alineamiento» y la tradición gaullista de independencia francesa, la sumisión voluntaria de algunos comentaristas franceses resulta a veces casi cómica. Por ello es útil examinar el trasfondo profesional de los propios expertos: su pertenencia a instituciones, sus trabajos anteriores, sus contactos profesionales y sus opiniones sobre cuestiones controvertidas. ¿Han trabajado para alguno de los muchos think tanks o centros universitarios dedicados a reforzar la alianza transatlántica? ¿Apoyaron la guerra de Irak en 2003? ¿Apoyaron la intervención en Libia en 2011?
Por último, incluso un breve repaso de las principales controversias que han acompañado a la geopolítica y a las relaciones internacionales permite identificar los puntos de referencia implícitos presentes en los debates. Algunos analistas priorizan las relaciones de poder entre los países; otros, el papel de las instituciones internacionales, las normas o la dinámica económica. Conocer estas grandes tradiciones permite comprender mejor los puntos de partida y los «ángulos muertos» de los distintos enfoques.
Analizar el conflicto
Los criterios mencionados permiten descifrar el discurso mediático y político. Pero ¿cómo formarse un juicio fundamentado sobre un conflicto o una crisis internacional?
Un buen método consiste en superponer varias capas analíticas. Al igual que un cartógrafo que coloca unas sobre otras varios mapas que representan el relieve, las redes de comunicación, la densidad de población o la actividad económica, es necesario estudiar el mismo conflicto mediante varios filtros.
Capa estratégica reconstruye la perspectiva de la fuerza militar. ¿Disponen los protagonistas de armas nucleares, capacidad de proyección de fuerza —aviones, misiles—, un sistema de inteligencia eficaz y aliados fiables? ¿Qué posiciones ocupan en el sistema de instituciones y alianzas internacionales? ¿Qué constantes rigen su política exterior?
Capa social y política revela las características demográficas, sociológicas e institucionales de la población de un Estado determinado. Permite evaluar la cohesión interna de los Estados, su capacidad para gestionar un conflicto prolongado o las tensiones que surgen cuando existe un desajuste entre el Estado, el territorio y la población.
Capa material descubre los recursos, las dependencias y las capacidades que determinan la relación de fuerzas: ¿en qué se basa la economía del Estado? ¿De qué fuentes de abastecimiento depende? ¿Controla recursos estratégicos, infraestructuras críticas o tecnologías clave? ¿Qué vínculos comerciales o financieros aumentan su poder o, por el contrario, limitan su independencia? Edward Luttwak ya señaló en los años noventa que la competencia entre las potencias se desplaza parcialmente del ámbito militar al geoecónomico. Sin embargo, como señala Olivier Zajec, director del Instituto de Investigación sobre Estrategia y Defensa (IESD), «la riqueza que los Estados obtienen de sus posiciones estratégico-económicas, de su propia capacidad de producción e intercambio, no es un fin en sí mismo, sino un medio para reforzar el poder político».
Capa de los actores dirige nuestra atención al hecho de que la actualidad internacional no se limita a las relaciones entre Estados: las empresas transnacionales, las organizaciones internacionales, los grupos armados, las diásporas, los movimientos sociales y los protagonistas religiosos pueden influir en la evolución de las crisis. La pregunta fundamental es, por tanto: ¿quién tiene el poder real para decidir, coaccionar o cambiar la conducta de otros actores?
Además de estas capas, existen otras tres dimensiones que a menudo tienen una importancia secundaria en los análisis: la historia, que permite situar los conflictos en el tiempo; el espacio («geo» en la palabra geopolítica), y las representaciones que los actores se forman de su entorno. Puesto que ya abordamos la historia en nuestro Manual de autodefensa intelectual de 2024, aquí examinaremos con más detalle las dimensiones del espacio y de las representaciones.
Leer el espacio
Aunque la geografía no determina mecánicamente la política de los Estados, la condiciona al imponer límites y abrir posibilidades. La forma del territorio, el relieve, la extensión, las distancias, las fronteras, los recursos y las comunicaciones influyen en las estrategias de los actores. Olivier Zajec señala tres tipos fundamentales de fenómenos en los que conviene centrarse si queremos analizar mejor el espacio.
Cierre o apertura del espacio. La primera cuestión es la accesibilidad. Algunos territorios están abiertos a grandes flujos de transporte; otros están cerrados y, por tanto, dependen de los Estados vecinos. La condición de país sin litoral obliga a los Estados a buscar acceso al mar (Bolivia, Etiopía, Serbia...). Las fronteras definen las relaciones de vecindad, por lo que también son un objeto central de las iniciativas diplomáticas.
Las barreras naturales pueden separar territorios (los Pirineos entre Francia y España), proteger un territorio (los Urales en Rusia) o, por el contrario, ser una zona de movimiento que ignora las fronteras políticas (el Sahara).
Rusia es un buen ejemplo de esta tensión entre apertura y cierre: pese a contar con un litoral de 40 000 kilómetros, sigue siendo una potencia continental cuyos centros económicos y políticos se encuentran lejos de los mares abiertos. La política exterior rusa está históricamente vinculada a la búsqueda de formas de ampliar el acceso a los mares, especialmente en el sur. Los Estados tapón situados entre dos potencias son excepcionalmente vulnerables debido a la tensión entre cierre y apertura. Polonia sufrió durante mucho tiempo las consecuencias de ello, situada entre Alemania y Rusia. En el siglo XIX se encontraban en una posición similar Irán (Persia) y Afganistán, pues estaban entre el Imperio ruso y la India británica, potencias que competían en el «Gran Juego» por la supremacía sobre Asia Central.
Dualidad tierra-mar: islas, estrechos y canales, rutas y canales. El segundo fenómeno se refiere a la relación entre el espacio terrestre y el marítimo. La condición insular protege y abre, pero también aísla. El Reino Unido encarna precisamente una potencia marítima de este tipo: sus flotas militar y mercante le permitieron ampliar su influencia muy lejos de las costas de su propio territorio. Su condición insular lo protegió durante mucho tiempo de los ataques procedentes del continente, pero al mismo tiempo lo hizo dependiente del equilibrio de poder continental. Por ello, a lo largo de la historia, Inglaterra procuró que no surgiera una potencia dominante en Europa y apoyó coaliciones contrarias a sus principales rivales.
Sin embargo, el poder marítimo no depende únicamente de la condición insular. Estados Unidos, rodeado por dos océanos y dos países vecinos, representa un tipo diferente de potencia marítima. Algunos centros comerciales, como Venecia en el Mediterráneo, Melaka en el Sudeste Asiático o Lübeck junto al mar Báltico, construyeron su influencia sobre el control de las rutas marítimas y de los pasos estratégicos: estrechos, canales y pasos.
Oposición centro-periferia. El análisis del espacio incluye finalmente también su organización: en algunos territorios se concentran la riqueza y los centros de gestión, mientras que otros territorios constituyen periferias frente a ellos. En contraste con la idea de que la globalización «aplanó» el planeta al superar las jerarquías espaciales, en realidad se produjo un fortalecimiento del poder de las grandes metrópolis, de las zonas de producción y de los territorios situados en flujos importantes. La oposición entre centro y periferia estructura tanto las relaciones entre los Estados como las relaciones dentro de las sociedades. Esta dialéctica está en la base de los análisis del desarrollo desigual elaborados por marxistas y autores latinoamericanos de la teoría de la dependencia en los años setenta, y posteriormente también por David Harvey. Este geógrafo británico mostró cómo el capital, en su intento de superar sus propias crisis, busca constantemente nuevos territorios para la inversión, la producción y el consumo, contribuyendo así a transformar las jerarquías espaciales.
Comprender las representaciones
La crisis no se percibe del mismo modo en todas partes. Todo análisis geopolítico presupone comprender las formas en que los demás actores perciben el mundo, sus intereses y sus acciones.
Imágenes del mundo. Hans Morgenthau insistía en su libro Politics Among Nations (1948) en que para un diplomático es indispensable contemplar la escena política «desde el punto de vista de las demás naciones», es decir, tener en cuenta su propia definición de la seguridad nacional. Este énfasis en las percepciones diferentes también aparece en Robert Jervis, autor del libro Perception and Misperception in International Politics (1976). Según él, «a menudo es imposible explicar las decisiones y las principales estrategias políticas sin tener en cuenta las imágenes del mundo de los líderes y también las imágenes que se forman de los demás actores».
Dicho de otro modo, los Estados no actúan únicamente sobre la base de situaciones objetivas, sino también según la manera en que ellos mismos se las representan. Sus representaciones están influidas por su historia, su memoria y sus intereses. Estos fenómenos se tienen en cuenta en algunos enfoques constructivistas (Alexander Wendt, Peter Katzenstein, John Ruggie), que subrayan el papel de las normas, las identidades y los marcos culturales en la definición de los intereses de los actores.
Los errores de percepción y los malentendidos pueden convertirse en factores importantes en el surgimiento de tensiones, como ocurrió también en el caso de la ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Para Polonia y los Estados bálticos significó garantías de seguridad y el anclaje definitivo en el espacio político occidental tras la experiencia soviética. Para Rusia representa la ampliación de la esfera de influencia occidental, que percibe como una amenaza, y el cuestionamiento de sus intereses estratégicos. Los estadounidenses, por su parte, consolidaron con ella su posición central en la gestión de la paz en Europa. Las distintas representaciones también incluyen los territorios y los símbolos asociados a ellos. Como subraya Florian Louis en su libro Qu’est-ce que la géopolitique? (2022; ¿Qué es la geopolítica?), algunos conflictos seguirán siendo incomprensibles mientras los percibamos únicamente desde el punto de vista de los criterios materiales. Un buen ejemplo es Kosovo: un territorio con un potencial geográfico y económico limitado ocupa un lugar central en el imaginario político de los serbios, que lo relacionan ante todo con la batalla del Campo de Kosovo de 1389, es decir, con el acontecimiento fundacional de su narrativa nacional.
La misma realidad material puede transformarse según la manera en que los actores la perciben: las construcciones ideológicas, identitarias o religiosas arraigadas en las representaciones colectivas son armas poderosas que los líderes pueden utilizar. El geógrafo Yves Lacoste subrayaba a menudo que muchos conflictos no surgieron a causa de disputas por territorios, sino por las representaciones contrapuestas que las partes implicadas se formaban de ellos.
Conceptos. Las representaciones influyen en la manera en que se definen los grandes conceptos de la política internacional. Términos clave como «poder», «crisis» o «credibilidad estratégica» pueden adquirir significados diferentes según las tradiciones políticas y estratégicas. En Occidente, el poder se mide mediante indicadores como la fuerza económica, las capacidades militares, la influencia diplomática o el nivel tecnológico. En varias tradiciones del pensamiento estratégico chino —especialmente en aquellas influidas por Sun Tzu—, el poder significa la capacidad de construir un entorno estratégico, actuar a largo plazo y alcanzar resultados sin un conflicto directo. El concepto de crisis, por su parte, revela la existencia de distintas concepciones del tiempo en la política. En las sociedades occidentales, la crisis se concibe como una ruptura a la que es necesario responder rápidamente: identificar el problema, tomar una decisión y crear un nuevo equilibrio. En algunas tradiciones chinas, por el contrario, la crisis se considera un proceso prolongado: no es un momento extraordinario, sino una secuencia dentro de un periodo de desarrollo más largo, durante la cual hay que saber esperar, observar las relaciones de poder y aprovechar las oportunidades. En el concepto de credibilidad estratégica también podemos observar diferencias en la comprensión del poder y la influencia. Para los politólogos y militares occidentales, este concepto se refiere ante todo a la capacidad de un Estado para convencer de que cumplirá sus compromisos y hará realidad sus amenazas. Se basa en capacidades económicas, militares y de otro tipo, en la determinación política y en su reputación (estrechamente relacionada con la lógica de la disuasión). Olivier Zajec subraya que la literatura especializada china concede mayor importancia a la continuidad de la planificación, la estabilidad de la política exterior y la coherencia persistente. Sin embargo, tampoco descuida instrumentos clásicos del poder como la disuasión y las capacidades militares. La credibilidad depende, por tanto, tanto de la capacidad de actuar como de la percepción de la fiabilidad del actor.